Durante mucho tiempo, la conversación sobre capacidad empezaba con una pregunta: cuántas personas hacen falta.

Sigo creyendo que la gente importa. La experiencia, el criterio y la coordinación no aparecen por arte de magia.

Pero hoy ya no me basta con contar puestos.

También necesito entender cuánto trabajo se va en repetir decisiones, pasar contexto de una persona a otra o corregir problemas que el sistema deja escapar.

La capacidad de un equipo también se construye con arquitectura clara, conocimiento reutilizable, automatización prudente y límites que permitan avanzar sin pedir permiso en cada paso.

Esto no significa que un equipo pequeño pueda resolver cualquier problema. Significa que, antes de aumentar la nómina, vale la pena entender dónde está el cuello: en la falta de manos o en una forma de trabajar que obliga a esas manos a esperar.

La pregunta cambia de «cuánta gente necesitamos» a «qué capacidad hace falta construir y qué impide que el equipo la use».