No todo problema merece software propio.
Y no todo proceso debería deformarse para caber dentro de un SaaS.
La decisión de comprar o construir suele mejorar cuando dejamos de discutir preferencias y empezamos a hacer preguntas incómodas:
¿Esta capacidad realmente nos diferencia?
¿Cuánto tendríamos que cambiar nuestra operación para adaptarnos al producto?
¿Quién controla los datos y qué tan difícil sería salir después?
¿La necesidad es estable o todavía la estamos entendiendo?
¿Tenemos capacidad para operar lo que construyamos, no solamente para lanzarlo?
Comprar puede ahorrar construcción y agregar restricciones.
Construir puede dar control y crear una responsabilidad permanente.
También existe una tercera respuesta: comprar lo común, construir solamente lo que diferencia e integrar ambas partes con cuidado.
La mejor opción no es la que se siente más tecnológica.
Es la que deja visibles sus costos, sus límites y las consecuencias de cambiar de decisión más adelante.
