Hoy trabajar con software también significa recordar dónde vive cada cosa.
Dónde se registra una oportunidad.
Dónde se revisa un proyecto.
Dónde quedó una aprobación.
Dónde se busca el dato que hace falta para decidir.
No basta con saber qué hacer. También hay que aprender en qué sistema hacerlo.
Tal vez dentro de unos años esa sea la parte que más cambie.
En lugar de abrir quince aplicaciones, una conversación podría convertirse en la puerta de entrada: reunir el contexto, encontrar la información y proponer el siguiente paso.
Eso no significa que desaparezcan los sistemas.
Tampoco que una interfaz conversacional deba decidirlo todo.
Detrás todavía hacen falta datos confiables, permisos, reglas, responsables y evidencia de lo que ocurrió.
Las pantallas seguirán siendo útiles para explorar detalle, atender excepciones y revisar aquello que no debería quedar oculto.
Lo que puede cambiar es la obligación de recorrerlas para cada tarea.
La interfaz ya no tendría que reflejar cómo está dividida la organización.
Podría organizarse alrededor de lo que una persona necesita resolver.
Quizá el sistema que hace el trabajo deje de ser el sistema que abrimos primero.
