La mayoría de los sistemas que usamos fueron diseñados para una persona haciendo clic.
La pantalla le dice qué puede hacer.
El menú le muestra dónde está cada cosa.
Y los mensajes de error le explican, más o menos, qué salió mal.
Cuando otro tipo de actor intenta operar el mismo sistema, esas ayudas dejan de ser suficientes.
No creo que la respuesta sea enseñarle a imitar clics a toda costa.
Primero habría que hacer explícito lo que muchas interfaces esconden:
Qué acciones existen.
Qué información necesita cada una.
Qué permisos la habilitan.
Qué resultado debería producir.
Y en qué momento debe intervenir una persona.
Eso también mejora la experiencia humana.
Un proceso con reglas claras, estados comprensibles y excepciones visibles es más fácil de operar desde una pantalla, una integración o una conversación.
Diseñar para inteligencia artificial no empieza agregando un asistente.
Empieza dejando de depender de que alguien conozca todos los caminos ocultos del sistema.
Las pantallas no desaparecen.
Pero dejan de ser el único lugar donde la operación puede entenderse.
