Producir código se está volviendo barato.
Eso no significa que producir buen software también lo sea.
Cuando escribir una función tarda minutos, es fácil confundir volumen con avance.
Pero el costo importante se mueve a otro lugar.
Está en decidir qué problema vale la pena resolver.
En entender las reglas que no pueden romperse.
En elegir una arquitectura que sobreviva al primer cambio.
En comprobar que el resultado funciona fuera de la demostración.
Y en operar el sistema cuando ya depende de él una empresa.
La inteligencia artificial puede producir muchas respuestas correctas para una pregunta mal planteada.
También puede construir muy rápido una decisión equivocada.
Por eso, mientras más barato sea escribir código, más caro se vuelve trabajar sin criterio.
El código dejó de ser el recurso escaso.
La claridad sigue siéndolo.
