La inteligencia artificial puede multiplicar una buena decisión.
También puede multiplicar una mala.
Cuando producir código tomaba más tiempo, algunas decisiones equivocadas avanzaban despacio.
Hoy pueden extenderse por todo un sistema antes de que alguien se detenga a revisar la primera.
Por eso la arquitectura importa más, no menos.
No como un documento grande que se guarda antes de empezar.
Como un conjunto de decisiones claras:
Qué problema estamos resolviendo.
Qué reglas no se pueden romper.
Dónde están los límites.
Qué debe ocurrir cuando algo falla.
Y qué decisiones necesitan todavía criterio humano.
La IA acelera la construcción.
Pero no decide por nosotros qué vale la pena construir ni qué riesgos estamos dispuestos a aceptar.
Mientras más rápido podamos ejecutar, más importante se vuelve decidir bien antes de multiplicar.
