Durante años aprendimos a usar software entrando a pantallas.
Abríamos el CRM para revisar clientes.
El sistema de proyectos para buscar pendientes.
El correo para encontrar acuerdos.
Y una hoja de cálculo para juntar lo que ninguno de los otros podía mostrarnos completo.
La herramienta era también el lugar donde ocurría el trabajo.
Eso está cambiando.
Una inteligencia artificial puede consultar distintos sistemas, reunir contexto y ayudarnos a tomar una decisión sin obligarnos a recorrer cada pantalla.
Pero eso no vuelve menos importante al software.
Lo cambia de lugar.
El sistema deja de ser solamente una interfaz que una persona aprende a operar.
Se convierte en la fuente que conserva información, reglas, permisos y evidencia para que personas y agentes puedan actuar sin perder control.
La conversación puede convertirse en la nueva puerta de entrada.
Detrás de ella todavía necesitamos sistemas confiables.
Tal vez más confiables que antes.
