La inteligencia artificial cambió la velocidad a la que podemos acumular decisiones técnicas.

Las buenas y las malas.

Una solución puede funcionar hoy y, al mismo tiempo, dejar duplicación, dependencias innecesarias y reglas repartidas por todo el sistema.

Nada de eso siempre rompe la primera demostración.

El costo aparece después, cuando llega el siguiente cambio y nadie entiende por qué la pieza anterior quedó así.

La deuda técnica no nace por usar inteligencia artificial.

Nace cuando aceptamos resultados sin conservar el razonamiento, los límites y la evidencia que los sostienen.

Antes, producir suficiente código para esconder muchas malas decisiones tomaba más esfuerzo.

Ahora podemos multiplicarlas con la misma facilidad con la que multiplicamos una buena solución.

Por eso revisar arquitectura, pruebas, seguridad y operación no se vuelve menos importante.

Se vuelve urgente.

La IA reduce el costo de construir.

No reduce el costo de mantener una decisión que nadie puede explicar.