Hay una diferencia grande entre las herramientas que una empresa compra y las que su equipo realmente usa.
La lista oficial puede decir Microsoft, Google, Jira, Slack o cualquier otra plataforma.
Pero el trabajo real ocurre en otro lugar.
En una hoja personal.
En un chat que nadie más puede consultar.
En una herramienta de inteligencia artificial que alguien empezó a usar porque le resolvía el trabajo más rápido.
El gerente ve las licencias.
El equipo vive el proceso.
Por eso, antes de definir una estrategia de inteligencia artificial, haría un inventario mucho más simple:
Qué herramienta usa cada persona.
Para qué tarea.
Y qué información coloca ahí.
No para castigar a nadie.
Para entender cómo funciona realmente la empresa antes de intentar gobernarla.
