Si mañana descubriera que todo mi equipo usa inteligencia artificial, no empezaría prohibiendo herramientas.

Tampoco empezaría comprando más licencias.

Primero intentaría entender el trabajo que ya está ocurriendo.

Durante los primeros días preguntaría qué usan, para qué lo usan y qué información están compartiendo.

No para buscar culpables.

Para volver visible una decisión que la organización ya empezó a tomar.

Después separaría los usos cotidianos de los que pueden afectar datos, clientes, contratos o decisiones importantes.

Elegiría un solo proceso real para observarlo de principio a fin.

Mediría cuánto tarda hoy, dónde se equivoca y cuánto esfuerzo humano necesita.

Y únicamente después decidiría qué permitir, qué revisar y qué detener.

Los primeros 30 días no deberían usarse para desplegar inteligencia artificial en toda la empresa.

Deberían usarse para aprender cómo adoptarla sin perder el control.

Primero entender.

Después escalar.